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Ay, ay, ay... a todos nos urge el regresar a la vida normal donde las rutinas positivas de espacios físicos de trabajo y escuela diferenciados, donde cada miembro de la familia generaba su propio desarrollo -su mini universo personal, dentro del sistema familiar- donde desde los más pequeños hasta los más adultos, salían de la cueva para vivir experiencias y regresar al grupo. ¡Han sido muchos meses ya! Y la noticia del regreso a clases presenciales-híbridas, o lo que cada quien entienda por eso, nos llenaron de esperanza.

Sin embargo, el día del regreso ha llegado y los problemas para hacerlo son variados y de diversos panoramas:

  1. Escuelas públicas vandalizadas, muchas de ellas han sido literalmente desmanteladas, hasta las tuberías se han robado, y por supuesto no pueden regresar en esas condiciones porque ni agua hay para las medidas de higiene necesarias -con o sin pandemia-.
  2. Escuelas estructutalmente semideterioradas, las cuáles no fueron vandalizadas pero requieren su "manita de gato" y al pedir los maestros apoyo a los padres para ir a limpiar o pintar, se niegan a cubrir las cuotas porque no tienen la capacidad ecónomica por la pandemia que ha mermado su ingreso.
  3. Escuelas privadas en condiciones buenas, donde el entorno físico está bien cuidado y listo para operar pero que encuentran las siguientes problemáticas:
    • Los padres no quieren mandar a sus hijos en un 46% de los casos por miedo al contagio.
    • Los maestros tienen doble desgaste al preparar clases presenciales y en línea lo que genera una situación de "burn out" grave en algunos casos y propicia la ansiedad.
    • Niños con miedo a regresar a socializar donde no saben qué pasará en la escuela y no tienen idea cómo volver a hacer amigos.
    • Recomendaciones de expertos de no exponer a los niños al contagio, mientras que otros hablan del daño emocional y educativo de no hacerlo.

El día de ayer escuche una entrevista que les realizaron a varios hombres respecto a las emociones experimentadas durante esta pandemia en el Facebook Live de Abuelitos Millennial. Algunos de ellos son padres y abuelos; trabajadores, emprendedores, empresarios, entre otras funciones que desempeñan; pero entre los roles más importantes que desempeñan es Ser Mejores Padres de Familia.

Admito que tenía interés en escucharlos, pues dentro de nuestra cultura mexicana no es común que los varones expresen sus emociones sin etiquetarlos socialmente con algún “alias”, y es raro que ellos lo expresen y menos en foros concurridos.

Al escucharlos me quede atónita de sus expresiones, porque todos ellos aceptaron las diferentes emociones que experimentaron durante la pandemia que inicio en marzo del 2020, donde experimentaron: coraje, estrés, incertidumbre, tristeza, pero la que más recurrente fue el miedo a diversas situaciones.


En plena contingencia, con poca o casi nula esperanza de retomar actividades de manera “normal” nos encontramos frente a un dilema que no hemos querido afrontar ni platicar como padres de familia, como profesionistas o cómo estudiantes.

Las clases, trabajos y otras actividades en línea se han vuelto el pan de cada día en nuestros hogares. Si tenemos una clase nos ponemos frente a una pantalla, si tenemos una reunión de trabajo, nos ponemos delante de una pantalla, si queremos participar en una actividad recreativa tiene que ser en línea y mediante una pantalla. Pero, ¿Qué sucede respecto a las recomendaciones en cuanto al uso de pantallas? ¿Han cambiado, se mantuvieron?

En años anteriores a la pandemia por COVID-19 la exposición a pantallas, la luz que emiten y las sensaciones que provocan en las personas eran temas que nos preocupaban, los expertos recomendaban evitar exponer a los niños a las pantallas ya que según la Enciclopedia Nacional de Medicina de los EEUU, estar demasiado tiempo frente a una pantalla puede hacer que sea más difícil para su hijo dormir en la noche, puede que desarrolle problemas de atención, ansiedad y depresión, también aumenta el riesgo de obesidad debido a que estar sentado y mirando una pantalla es tiempo que no se pasa estando físicamente activo.

Las computadoras y otros dispositivos electrónicos ayudan a los niños con sus tareas escolares, nos ayudan a trabajar desde casa, y a comunicarnos o sentirnos acompañados en este encierro. Pero navegar en Internet por horas, pasar demasiado tiempo en Facebook o mirar videos en YouTube durante largos periodos se considera tiempo de pantalla que no es sano, no importa la edad.

El ciberacoso es un riesgo al que estamos expuestos todos los que tenemos una cuenta de correo electrónico o en alguna red social. Sin embargo, hay un segmento de la población que se ha visto directamente afectado desde que vivimos en confinamiento, y son los estudiantes de todos los niveles quienes migraron sus clases a las aulas virtuales y desafortunadamente también migraron con ellos los comportamientos nocivos para la salud emocional de todos.

El acoso escolar no ha desaparecido durante la pandemia, simplemente se ha transformado y se ejerce por medios digitales. Las nuevas formas de intimidación minimizan a las personas, ahora desde su chat grupal de WhatsApp, su cuenta de correo electrónico o totalmente en vivo mediante Zoom, Meet o Classroom. Las agresiones van desde avergonzar en público y grabar para compartirlo en redes sociales hasta crear grupos privados de Facebook para burlarse de una persona.

Las consecuencias de este acoso son graves y no estamos brindando la importancia ni el seguimiento debido a este tipo de conductas. Ahora el sufrimiento que ocasionan estas acciones es de mayor impacto con el confinamiento y las necesidades afectivas, así como la falta de empatía y el poco énfasis en el desarrollo de las habilidades emocionales.

En el pasado 2020, año de pandemia, cuando mi nieto de 5 años inició sus clases en línea, me acomedí a acompañarlo. Ha sido un aprendizaje para ambos, al inicio todo era nuevo, no sabíamos cómo acceder, de qué se trataba la plataforma, cómo enviar las fotos de las tareas realizadas, ni como abrir las de lectura. Poco a poco fuimos aprendiendo con base en ensayo y error.

Al principio mi nieto no quería participar porque entró a una escuela nueva y no conocía a ningún niño, pero poco a poco ha ido venciendo la vergüenza y participando. La longitud de 45 minutos de clase es muy larga para un niño de 5 años y empezaron los problemas de que no quería atender a la clase, de que no quería hacer las actividades, de que quería tener a sus peluches favoritos con él, o quería comer cuando no está permitido durante la clase.

Después de varios intentos por conciliar, en muchos de los cuales perdí la compostura y me puse a llorar, preguntándome. ¿Cómo hago? ¿Qué le digo? ¿Cómo logro que esté atento y haga sus tareas? Seguí intentando hablar con él para convencerlo que era importante participar y hacer las tareas.

Conoce todos los aspectos relevantes al fenómeno desde el punto de vista del agresor, la víctima, los testigos y los cómplices para lograr detectar tempranamente las situaciones que apremian en los salones de clases físico o virtuales en beneficio de la sana convivencia del alumnado.

¿Qué temas tocaremos en el webinar?

  • Historia de la educación de la prehistoria a la pandemia
  • Las nuevas herramientas pedagógicas digitales
  • El alumno autodidacta y las plataformas
  • Los ciclos de la vida y las habilidades adquiridas
  • El modelo de 8 valores hacia la vida efectiva
  • Vanguardia educativa actual en base a habilidades emocionales
  • Excelencia educativa con innovación